Gran Torino o la despedida de Harry el Sucio
Mar 17, 2009

Gran Torino presenta dos nexos claros con varias de las obras que Clint Eastwood nos ofreció en el pasado, tanto de su etapa de películas de acción “duras” de los 70 y 80 como de los emotivos melodramas que ha ofrecido en las últimas décadas.
El personaje de Walt Kowalzyck es la reflexión última que hace el director, desde la vejez, del personaje que le hizo célebre: un tipo arisco, cínico y políticamente incorrecto que tras tan duro cascarón oculta un alma llena de heridas no cerradas. Esta enésima (y, según se dice, última), revisitación aporta, respecto a las de Sin perdón y Poder absoluto, un enfrentamiento con la vejez y sus consecuencias: soledad, incomunicación generacional, enfrentamiento con el fin de una vida sin que las cuentas parezcan estar del todo cuadradas.
Sin embargo, el verdadero núcleo de Gran Torino es la relación con la familia. Y es que la relación entre padres e hijos parece preocupar mucho a Clint Eastwood: Los puentes de Madison, Banderas de nuestros padres y Million Dollar Baby (por no citar más), muestran desencuentros entre padres e hijos. En los dos primeros casos, el punto de encuentro se producía cuando, en la muerte del progenitor, los hijos descubrían quién era realmente su padre o madre. En Million Dollar Baby la fisura es tan grande que al personaje de Hillary Swank sólo le cabía buscar una nueva familia, opción que también sigue el personaje de Gran Torino.
Así, Kowalzyck encuentra en unos vecinos orientales unos parientes adoptivos con los que se puede comunicar. El mayor acierto de la película quizá resida en lo creíble y verosímil que resulta que las grandes diferencias culturales entre Kowalzyck y la familia hmong no sólo no dificulten el desarrollo de unos afectos sino que faciliten la creatividad relacional, el intercambio de experiencias, sensibilidades y afectos.
El inconveniente que a veces presenta este tipo de historias en el cine de Clint Eastwood (muy especialmente en sus últimas obras) es una cierta tendencia al estereotipo: se abstiene de explorar con profundidad la problemática real de la comunicación familiar (quizá porque no es lo que le interesa contar) y a veces la despacha con descuido, con escenas de comicidad fácil y, en el peor de los casos, retratos un tanto maniqueos. Esto último aquí no se llega a producir del todo, sí una cierta superficialidad que, con franqueza, chirría en algunas escenas.
El aspecto técnico resulta sobradamente eficiente: resulta tan irreprochable que sorprende saber que la película se rodó en muy pocos meses. Los encuadres del director, son cada vez más reconocibles (que quien escribe recuerde y, por citar algún ejemplo, planos generales con líneas oblicuas para presentar espacios, primeros planos con rostros en penumbra para los diálogos más dramáticos). Además, parece que Eastwood cuenta con un equipo excelente que garantiza el acabado estético de la película: la fotografía muestra una línea de color definida en tonos ocres, amarillos, verdes y grises que representa muy bien los mundos en conflicto de la historia y deja un recuerdo visual definido de la película.
El montaje es también impecable en lo formal, pero presenta una particular deficiencia respecto a la historia que, una vez más, resulta familiar en el contexto de la obra de su autor. Sencillamente, da la sensación de que Eastwood tiene demasiada preocupación por respetar la integridad de los guiones de sus películas y todas, desde hace unos años, presentan un problema de dosificación en el segmento con más peligro de altibajos de cualquier guión: el denominado segundo acto.
Hacemos un inciso para explicar qué es el segundo acto. Una vez establecido el protagonista de una película y un conflicto motivado por una meta que desea alcanzar, el segundo acto desarrolla los sucesivos intentos de alcanzar esa meta hasta que llega el punto culminante de la historia. Este segmento es el que suele ser objeto de más recortes en el montaje de cualquier película, porque una vez superado el interés despertado por una historia nueva y quedando muy lejos el desenlace, el público tiende a aburrirse. Los sucesivos intentos del protagonista por conseguir una y otra vez lo mismo acaban haciéndose repetitivos; para evitar eso se suelen intercalar tramas secundarias que refuercen la principal y en la que finalmente se integren.
En el segundo acto de Gran Torino hay una subtrama que desarrolla la relación de Kowalzyck con Thao, el más joven de sus vecinos hmong. Y en principio lo hace con gran encanto, humor y ternura, aportando a la película algunos de sus momentos más genuinamente entrañables. Pero, como sucede en algunas subtramas de Mystic River, Million Dollar Baby y Banderas de nuestros padres, todo se acaba haciendo demasiado explícito. Hay demasiado diálogo que redunda en lo mismo, demasiadas escenas que agotan completamente una situación que, para haber sido narrada con más fuerza, debería haber dejado algo a la imaginación del espectador. Esta falta de sutileza afecta muy negativamente a Gran Torino.
El clímax es justamente emotivo, coherente e interesante, aunque quizá algo predecible. La conclusión afecta a la familia y se hace una vez más demasiado obvia, pero la escena culminante es tan correcta que en realidad no importa. Tampoco importa que Clint Eastwood haya decidido cantar en los créditos y no sólo no lo haga bien sino que parece no venir a cuento en la historia. En realidad es pecata minuta, porque Gran Torino es un drama emotivo y sincero, propio de un anciano que sabe insuflar la experiencia humana recogida con inteligencia y sensibilidad en su vida a los guiones que escriben otros hasta hacerlos en parte suyos.