
Monstruos contra alienígenas es una más entre las recomendables propuestas que ofrece la floreciente creatividad del cine de animación de la última década. Puede que no sea la más original, ni la más afortunada en ningún aspecto, pero sí es un entretenimiento sobradamente divertido como para merecer una visita al cine. Todo está en no esperar el magnífico nivel de Wall-E, Monstruos S.A. o Buscando a Nemo…
Y quede claro que hablamos de cine inteligente. No es una película pensada exclusivamente para niños (término éste que consideramos peyorativo), ni un producto coyuntural de consumo rápido. La película es ingeniosa, divertida y, en ocasiones, mordaz, y lo seguirá siendo dentro de veinte años.
Las virtudes empiezan por un guión lleno de referencias al cine de los años 50: los monstruos y los alienígenas apuntan La mancha voraz, y el recurso de las tres dimensiones es relacionado en los primeros minutos de película con Los crímenes del museo de cera mediante un guiño que escapará a los espectadores de hoy. El uso de estas citas es sabio porque es sutil: aunque dotan de profundidad psicológica, social y cultural a la historia, no son pasan de ser una cobertura estética y ésta funciona al margen de su carácter referencial.
En cambio, el componente satírico que se ha integrado en ella no es de los 50 sino completamente actual: pone el dedo en la llaga de manera punzante y a veces divertidísima en ciertos problemas culturales que presenta hoy la política norteamericana. Además una nueva cita, ésta vez al Teléfono rojo de Kubrick, sirve, ingeniosamente insertada, para hacer una comparación con la época de la guerra fría. El equilibrio que hace que este enfoque esté tan logrado es que no se percibe sombra de odio, ni de demagogia, ni se señala a nadie directamente. Más aún: estamos ante un producto industrial norteamericano. Se trata, pues, de una parodia hecha desde dentro, que ante todo busca ser graciosa; así no resulta ofensiva y sí aceptable para cualquier tipo de público, lo que hace que su mensaje llegue a cualquiera y multiplica su efectividad crítica.
La inteligencia demostrada por los guionistas en estos aspectos es la mayor virtud de la película. Además, individualmente los gags son con frecuencia admirables: como pasa otras producciones de DreamWorks presentan calidad a costa de un eclecticismo estilístico que nos hace imaginarnos a sus siete guionistas aislados entre sí devanándose los sesos por buscar el chiste más gracioso.
Quizá tenga eso que ver en el hecho de que Monstruos contra alienígenas no sea una película extraordinaria. Se notan muchas manos distintas, por lo que estéticamente (en cuanto a diseño, colores, planificación, escenarios), es un tanto anónima.
El aspecto técnico es realmente soberbio en cuanto a definición y calidad de la animación: los personajes están llenos de matices en su forma de moverse, sus expresiones, sus limitaciones físicas.