
25 kilates es una historia de cine negro compuesta de dos tramas principales que se entrecruzan. Ninguna de ellas mantendría el interés por sí sola, pero la interacción hace que los personajes se definan a lo largo del metraje y pasen de ser un poco inconcretos y estereotipados a tener una situación real que les condiciona y les obliga a reaccionar: el choque entre las dos líneas argumentales. Sólo cuando esto se produce, la película despega con fuerza. Una vez conseguido esto, la narración avanza manteniendo la tensión casi sin desmayo e integrando diferentes subtramas. Además, poco a poco integra una serie de temas de fondo que dotan de cierta unidad al conjunto y lo hacen ir más allá del simple espectáculo de acción: el compromiso en las relaciones humanas, la codicia, la supervivencia.
El estilo técnico de la película es bastante arriesgado: rodada en Alta Definición, la fotografía emplea muy poca luz, lo que hace que exista un ruido digital en la imagen de manera casi permanente y una cruda anormalidad cromática que transmite cierta sordidez ambiental. La planificación renuncia a los planos muy abiertos optando por un lenguaje que emplea predominantemente planos muy cortos, como primeros planos o primerísimos planos. A veces la dirección fracasa por exceso en este sentido y carece de expresividad, pero con frecuencia este concepto técnico resulta interesante y opresivo. Además, el ritmo es rápido pero no dificulta la comprensión de la complicada historia en ningún momento.
En el apartado de sonido el director ha optado por emplear canciones pop de grupos españoles, decisión coherente teniendo en cuenta lo específico de la localización de la historia, pero que limita el alcance de este apartado: con frecuencia la música suena genérica y no corresponde a la entidad estética que presenta el apartado visual de 25 kilates.
Las limitaciones que presenta la película tienen que ver con algunas de las subtramas (que resultan derivativas, inverosímiles o simplemente innecesarias), y con la falta de credibilidad de los personajes cuando son presentados al comienzo de la película. Aunque como hemos dicho, este último problema se corrige a medida que se desarrolla la narración, nunca lo hace del todo y no cabe duda de que la película sería mejor si los actores fuesen mejores, estuviesen mejor dirigidos y tuviesen más matices con los que trabajar en el guión.
25 kilates entronca con una intermitente tradición de Film-Noir patrio que ha ofrecido bastantes títulos de interés en los últimos años: recordemos a modo de ejemplo La caja 507 de Enrique Urbizu, La voz de su amo de Emilio Martínez-Lázaro o La distancia, de Iñaki Dorronsoro. Títulos estimables que, sin embargo, no han tenido la suficiente resonancia popular como para generar una moda. Sin embargo, la corriente continúa con el film que nos ocupa, que al igual que los tres citados nos parece recomendable. Esperemos que sigan viniendo.