
No cabe duda de que Déjame entrar pasará con justicia a todas las antologías del cine fantástico. Narra una historia de amor poética y conmovedora y en su desarrollo nos deja con un puñado de imágenes que no se olvidan: el protagonista comunicándose por Morse con su amada, el primer encuentro con el cubo de Rubik o el plano en el que el niño contempla su propio reflejo en el espejo. Sin negar esta grandeza, la película nos ha generado una serie de inquietudes que no está de más exponer aquí.
Por un lado la belleza estética de toda la película nos resulta innegable: podríamos imprimir cada encuadre enmarcarlo y conseguir un buen número de cuadros muy hermosos. No sólo hermosos: misteriosos, emocionantes, aterradores, según el caso. Pero por otro lado, esta ambición en la realización juega a veces en contra de la película por una cuestión de jerarquía: en todo momento, incluso en las escenas expositivas del arranque, se pretende mantener este nivel de connotación visual. Como resultado, esta densidad a veces no resulta justificada y cuando esta descompensación se hace más acusada uno tiene la sensación de que los planos se concibieron como fines en sí mismos más que como parte de un relato.
En otro nivel parece existir un cierto problema estructural en la película que afecta a su dimensión narrativa: ¿cuál es la historia que se pretende narrar? No resulta fácil decirlo; a nuestro juicio, y guiándonos por el comienzo y el final de la película, la tesis más convincente es que lo que se busca contar es cómo el protagonista aprende a defenderse, a amar comprometidamente y a ser independiente, en resumen, a ser persona a través de sus propias decisiones. Si esto es así, las escenas en las que contemplamos el devenir de las víctimas de la chica-vampiro nos parecen poco justificadas. Y de hecho el interés de la película decae llamativamente cuando tienen lugar. Para esto hay otro motivo: reflejan un vacío que el tratamiento revisionista del vampirismo que propone la película deja sin cubrir.
Tradicionalmente, el vampirismo, pese a ser una fantasía descabellada y loca ha sido un buen motivo artístico porque funcionaba como metáfora de corrupción moral, y desde ese punto de vista era vinculable a la experiencia humana. El vampiro era un alma poseída por el diablo y la víctima tenía su parte de culpa en ello: se había dejado corromper dejando entrar en su casa al vampiro. Esta necesidad del vampiro de que le dejen entrar en hogar ajeno encontraba así un sentido moral de rectitud frente a la tentación y resulta curioso cómo esta película emplea el concepto vaciándolo de su significado original. Es cierto que así da lugar a una de las escenas más bellas de la película: cuando el protagonista obliga a la chica a entrar en su casa sin haberla invitado y ella lo hace sacrificándose por amor (casi es destruida en el proceso). Pero más allá de eso es un reflejo de cierto vacío moral que la película presenta y que hace que a veces resulte incongruente.
Efectivamente las escenas de las víctimas de los vampiros no son muy interesantes, además de por el motivo estructural ya mencionado, porque el hecho del vampirismo es aceptado en la película no como corrupción sino como una enfermedad inevitable. “Ponte en mi lugar” le dice la chica al protagonista, y éste lo acepta. En ningún momento la chica pierde su identidad, su capacidad de amar o de ser ella misma: parece que es una víctima inocente de las circunstancias y nunca se plantea un dilema moral sobre que tenga que matar a gente para vivir. Por eso las escenas de las víctimas no funcionan y cuando mejor funciona la película es cuando abandona toda pretensión de verosimilitud realista y se conforma con contar la historia de amor en sí misma, con ser una poesía abstracta sobre cómo un niño se enamora de un fantasma en una noche nevada, a la luz de la luna.