
Still Walking es una película representativa de cierto tipo de cine japonés cuyo mejor exponente es Yasujiro Ozu: dramas familiares que plantean conflictos de comunicación intergeneracional (es decir, de padres a hijos, o incluso de abuelos a nietos). En ellos cuenta lo que no se ve u oye directamente, lo que va implícito en el abundante diálogo, en las pausas, en la composición de los planos y, muy especialmente, en el decorado y los espacios.
Como heredera de esta tradición, Still Walking es cerebral y analítica; además, al no tener trama en el sentido clásico, su ritmo es bastante lento. Y, sin embargo, cautiva y resulta conmovedora, porque su minuciosa atención al detalle, que invita a un visionado contemplativo, transmite una fuerte sensación de realidad. También porque los actores son extraordinarios en su presencia física y en lo comedido de sus interpretaciones. Los personajes llegan a la pantalla vivos y se desdoblan ante los ojos del espectador, deparando momentos de secreta empatía, pequeños descubrimientos y mutando con naturalidad, mérito éste de un guión ejemplarmente complejo y, a la vez sencillo en su economía de recursos.
La única pena es que una obra de estas características sufre mucho de un visionado en versión original, porque el matiz, que es lo importante, suele quedar enmascarado por la necesidad de leer un diálogo copioso en el que a veces no reside lo más importante de cada escena.
Película de silencios, de montaje pausado y analítico, pierde puntos cuando alguna vez hace su aparición una música tan ingenua como repetitiva, muy por debajo del nivel connotativo del resto de los elementos. Otro problema es que hacia el final, como no hay exactamente trama, la conclusión de la película resulta un tanto difícil de construir. Hacen así su aparición algunos falsos finales. Sin embargo, cuando el final de la historia llega es convincente, satisfactorio y en el fondo austeramente pesimista.
Una película muy recomendable de un tipo de cine que, a quien suscribe le atrae especialmente. Es el cine de los silencios, de las pausas, de los gestos ocultos y el subtexto. Curiosamente, al describir este estilo, nos resulta difícil no pensar en John Ford.