
Up demuestra una vez más la fórmula que transforma cada producción Pixar en un éxito. Cada vez mejor asumida y matizada por sus creadores, parece imbatible. Sin embargo, pese a la brillantez general de la ejecución, existen unas limitaciones, o mejor dicho, tentaciones, que suponen agujeros en esa estructura y hacen que no sea tan incontestable como parecía. En Up está más claro que nunca. Si se tiene en cuenta cada uno de sus factores artísticos por separado, Up epata. El diseño es sobresaliente, tanto en los personajes (el anciano, anguloso, su mujer curva y alargada, el niño que es una bola), como en el mobiliario y los escenarios. Las escenas de acción son de una perfección espectacular (aunque esto casi parece de recibo, dado el presupuesto y la calidad del equipo técnico). Por encima de todo sobresale su imaginería: muchas de sus estampas son seguramente inolvidables (sirva como ejemplo la casa elevada por los globos). El guión responde a esa estructura de Pixar que en el fondo no es más que una recuperación del clasicismo narrativo más tradicional, con tres actos bien diferenciados. En particular, el primer acto, largo y expositivo es un prodigio de economía de recursos: consigue contar una historia muy larga a base de pequeñas escenas en las que sólo tiene cabida lo esencial para que, además de informar, resulten cálidas y conmovedoras. En las peripecias que componen el desarrollo de la película hay humor inteligente y multitud de escenas de acción cuya espectacularidad no es exhibicionista ni gratuita: antes al contrario, resultan equilibradas, irónicas, de buen gusto. Sin embargo, al conjunto de Up le falta algo que no estaba ausente en Buscando a Nemo, Wall-E o Ratatouille. Hay algo que, pese a esa pauta clara que define a Pixar, esta vez ha fallado y no es la primera vez: de manera menos notoria, ya ocurrió en Los increíbles. Todo parte de un extraño punto de inflexión en la historia. Cuando el señor Friedriksen toma la iniciativa de hacer de su casa una aeronave, lo que constituye el paso al segundo acto de la historia, hay una ruptura de la lógica interna de la historia hasta entonces fijada. El tono hasta entonces había sido más o menos realista y de golpe, el guión necesita (porque ya no puede gastar más tiempo en exposición), proponer algo tan estrafalario como que una casa vuele sostenida por globos, porque sí, sin ningún tipo de acomodamiento a la lógica narrativa. Nunca se hubiera podido anticipar que algo así podría suceder: si realmente era posible, ¿cómo el personaje principal no lo hizo antes, con su mujer viva? Sintomáticamente, se cuenta en una elipsis, en la que se asume extrañamente que el anciano ha sido capaz de prepararlo todo durante una sola noche. En realidad, este no es el mayor problema de la película (aunque sí el origen). Esta extraña acción está colocada en el límite para que sea aceptable para el espectador convencional (el comienzo del segundo acto) y todo lo que sucede a partir de entonces sí es consecuente con ello. La cuestión es que igual que la lógica narrativa da un salto, a partir de ese momento la historia que se cuenta también lo hace. En realidad nos alejamos del personaje que hemos conocido en el primer acto, que ha perdido lo que más quería, la mitad de su vida y está enfrentado a perder la otra muy pronto, y nos encontramos simplemente con un solitario que se ve aceptado a aceptar una familia porque no es bueno vivir solo. Es otra historia, relacionada, pero no exactamente la misma. Lo que mejor demuestra el cambio de concepto es que durante todas las escenas de acción y aventura, el anciano que necesitaba un aparatoso bastón para moverse realiza todo tipo de proezas físicas. Este esquivar la consecuencia última de lo que se cuenta no es de recibo (sirva la comparación con Gran Torino, cuya historia es en el fondo más o menos igual, para ver cómo el tema de la mortalidad subyace naturalmente en la idea y no puede ser olvidado). Esta desviación del hilo principal de la historia ya sucedía en Los increíbles. Parece como si el conseguir escenas de acción espectaculares fuese la tentación que perdiese a los guionistas y técnicos de Pixar, lo que les hiciese abandonar la idea principal por miedo o descuido. El sentido de la historia también cambia, claro, y el final lógico del anciano (la muerte) es reemplazado aquí por una segunda vida familiar con un propósito de permanencia muy poco convincente (al que, por cierto, se le podrían sacar consecuencias psicosociales interesantes). Además, los integrantes de esa familia y demás personajes que pueblan la película, siendo buenos diseños llenos de vida por el sobresaliente trabajo de la animación no son, sin embargo, especialmente memorables desde el punto de vista humano. Abundan ideas que resultan forzadas, como la justificación de que los perros hablen gracias a un dispositivo con un altavoz que verbaliza sus pensamientos. El personaje del niño explorador y el del pájaro selvático, aunque resultan francamente divertidos, no resultan tan verosímiles (y por lo tanto tan adorables) como la amnésica Dory de Buscando a Nemo o los juguetes de Toy Story; quizá porque sus debilidades individuales no tienen cabida en la densidad de peripecias aventureras del conjunto. En resumen, muchas cosas parecen quedarse a medias y aunque la brillantez de todas las partes parece incuestionable, no lo es tanto la validez del conjunto.