
Distrito 9 es una sátira futurista que señala directamente a la realidad del racismo, de una manera tan frontal y escasamente sutil, como abrasadoramente cruel y despiadada. Por momentos resulta dolorosa y creíble gracias a la realidad de los referentes en los que se basa; en otras ocasiones es demasiado tremendista, exagerada y radical para resultar verosímil. Esta limitación procede del enfoque de la película: a medida que avanza la trama, desaparecen las sorpresas y la originalidad, aumentan los tópicos y las generalizaciones. Y se desemboca en una película de acción con efectos especiales que quizá tenga algo más de trasfondo de lo habitual y que, para variar, presenta cierta acidez (no brillantez) en el sentido del humor.
Todo empieza con unos alienígenas refugiados en la tierra que son tratados más o menos como los inmigrantes: confinados a guetos por un sistema social teóricamente protector, en la práctica sofocantemente opresor. Son privados de su libertad merced a su desagradable aspecto (sus capacidades y cualidades emocionales parecen parejas a las de los humanos), por el que se les llama despectivamente “gambas”.
El punto de giro llega cuando uno de los agentes que actúan en nombre del estado entra en contacto con una sustancia que le hace mutar hasta convertirse en un extraterrestre más. Y así, este nuestro protagonista, al comienzo de la cinta idiota y despreciable, se ve obligado a sufrir en sus carnes lo que él ha estado haciendo a los inmigrantes extraterrestres. Toma de su propia medicina, aprende por necesid a defenderse, y a medida que esto sucede, su estupidez misteriosamente desaparece; al final de la película, además, aprende de golpe a empatizar con los que son distintos a él: estos cambios en el personaje, dados por convenciones narrativas archiconocidas, son aquí bastante bruscos y poco delicados, lo que unido a los grotescos gadgets y efectos especiales subraya la irrealidad de lo que se está viendo.
Se trata, en fin, de cine espectáculo al que se han añadido pretensiones alegóricas. El primero de estos elementos nunca pasa de ser superficial (las mismas secuencias de acción podrían pertenecer a Transformers), el segundo, por las razones ya comentadas, no es demasiado satisfactorio. Sin embargo, el conjunto sí resulta entretenido y a veces atractivamente chocante e inconformista. Con lo que, algo es algo: Distrito 9 merece la pena verse aunque sólo sea como curiosidad o como recuerdo del peligro de dejarse tentar por la fobia a la diferencia.