Ágora: históricamente leal y narrativamente desintegrada
Oct 12, 2009

Ágora es una película cuyas ambiciones no encajan con su técnica. De ahí salen varios de sus mayores problemas. La narración propuesta por el guión renuncia (voluntariamente o no) a la estructura de un drama convencional para tratar de centrarse con fidelidad en ciertos hechos históricos acaecidos en Egipto en el siglo IV. A saber: la progresiva persecución de los judíos y paganos por los cristianos en Egipto y el interés de la filósofa Hypatia por los planetas y la ciencia como religión.
Y aunque hay una fuerte voluntad de fidelidad histórica (en el admirable diseño de producción, en el evitar manipular la historia para hacerla más “comercial”), la técnica visual de Amenábar, la manera de hablar de sus personajes, cómo interactúan emocionalmente, responden a convenciones del cine comercial. El resultado es una media tinta que resulta insatisfactoria: pese a todo el esfuerzo volcado uno no tiene la sensación de haber vuelto al pasado. Es una película “convencional” que, no obstante, se queda corta en drama en el sentido habitual del género. Ésta ausencia empieza por el personaje protagonista.
Encarnada (y muy bien) por Rachel Weisz, Hypatia se presenta como un personaje sin “arco evolutivo”, es exactamente la misma en todo el metraje. Se mantiene como una heroína fría e inmutable, que no sufre ni padece por lo que sucede a su alrededor más que como observadora. Aunque al final lo que sucede a su alrededor la mata, ella siempre se sitúa por encima, con una actitud pacifista y cientifista que resulta difícil de creer en el contexto del antiguo Egipto. Y no actúa como un personaje en busca de un objetivo (más allá de algo tan frío y poco empatizable emocionalmente como averiguar el fundamento científico del movimiento del sol), por eso no funciona como personaje central de un drama.
Es cierto que gracias a los ojos y la manera de hablar de Weisz, nos da la impresión de que Hypatia tiene un interior emocional turbulento, pero eso, que acercaría al personaje al público, nunca lo vemos. La vemos hablar de planetas, la vemos quejarse por la opresión cristiana. Y es que los personajes hablan y hablan, todo se hace demasiado explícito a nivel verbal (algo sorprendente en una película de Amenábar). Incluso se recurre a largos rótulos para explicar partes de la historia demasiado complicados. Por el contrario, hay bastante poco que se cuente a nivel visual, intuitivo, emocional salvo como complemento de ésas abundantes explicaciones.
Pese a los méritos de Weisz, nunca se nos da ni media pista de por qué Hypatia se mantiene imperturbable ante el ardor amoroso de sus dos pretendientes: Orestes (uno de los mejores personajes de la película por el sincero sufrimiento que transmite ante las contradicciones que se le plantean) y Davo (perezosamente concebido, uno de los peores). Es esta historia —la única de verdadero interés humano de la película, la que hubiera permitido a Amenábar desarrollar su talento para manejar con la pericia de su técnica las miradas, los gestos y las acciones— la que menos atención recibe. Queda aislada de los otros dos núcleos argumentales: las guerras religiosas y los planetas. Y aunque el guión trata con esfuerzo de integrarlos, en realidad estas líneas corren en paralelo y nunca llegan a cruzarse de manera convincente o absorbente a nivel emocional.