East-West Seasons

El escritor: la madurez serena y responsable de Roman Polanski

Apr 21, 2010

Resulta irónico, y quizá adecuado, que el momento en que Roman Polanski es juzgado por sus errores del pasado coincida con su etapa de mayor madurez y responsabilidad en el contenido moral de sus películas. De hecho, le ha pasado como al personaje del exgobernante irresponsable encarnado por Pierce Brosnan en El escritor: a ambos se les procesa por algo que no debieron hacer, muchos años atrás. Pero a diferencia de su personaje, Polanski, haciendo esta película, parece por primera vez consciente de su problema y del de otros.

 

Además, el director polaco ha alcanzado por fin un momento de serenidad estilística característico de los directores maduros. La técnica es clara y sencilla (aunque compleja); el ritmo, adecuadamente relajado. Se permite el espectador contemplar, sin meterle prisas y enterarse de algo (porque realmente hay mucho de lo que enterarse). Cuando se tiene algo que decir no es necesario llamar la atención con pirotecnia formal. Y a Roman Polanski, como cineasta, le queda poco por demostrar. Por eso, ni se despeina. Y, sin embargo, ofrece un aluvión de recursos expresivos tan perfectamente integrados en la historia, que ninguno de ellos llama la atención por sí solo. Sólo se cambia de plano, de eje, o de profundidad de campo cuando se tiene algo muy específico que contar o subrayar. La interpretación de los actores es, asimismo, precisa y calculada.

 

Gracias a esta claridad de intenciones, a esta ausencia de vacilación, propia de un maestro, la película expone sin desperdiciar ni un minuto una historia en la que el paradigma más característico del cine de Polanski (el individuo frágil, enfrentado a un mundo extraño y hostil capaz de destruirle) es enriquecido con un fuerte componente de responsabilidad moral. Es como si tras el paréntesis de relatar los horrores de la Alemania nazi y sus efectos sobre el pueblo judío en El pianista, el director, por primera vez, hubiera salido de su coraza individual, hubiese contemplado de cerca al conjunto de los hombres y hubiese aprendido algo importante y valioso sobre la condición humana. El personaje ya no está sólo en el mundo; los fantasmas no son (sólo) sus miedos internos, sino una comunidad de gente que también sufre y ante la que él, como congénere, debe responder.

 

Sirva como ejemplo el retrato del ex primer ministro británico, caricaturesco, pero matizado e implacable: muestra a un personaje físicamente atractivo, que actúa con convicción y con vigor, pero que carece de sensibilidad, capacidad de empatía o reflexión, y que es manipulado por fuerzas que, en realidad escapan a su control. Es un dedo gigante, que señala a muchos personajes célebres de los últimos años, firme y acusadoramente..

 

En cambio, el protagonista, encarnado por Ewan McGregor, es un pecador en el sentido contrario: su oficio y lo poco que sabemos de su pasado nos dejan claro que no acepta compromisos, que prefiere actuar sin el peso de asociarse con sus propias acciones. Donde el protagonista tradicional del cine de Polanski solía ser una víctima de las circunstancias a la que un mundo hostil robaba su identidad y convertía en un muerto en vida, el “negro” de El escritor  renuncia, desde el comienzo de la película, a su propia identidad voluntariamente. Lo hace por puro interés materialista: para evitarse complicaciones y tener contento a todo el que le pueda reportar beneficios por un trabajo sucio. El mundo sigue siendo, como en Kafka, una estructura extraña, oculta y ajena de la que sólo nos llegan fogonazos. Pero esta maquinaria hostil y temible aquí se concreta con referentes reales más que nunca en el cine de su autor. Y la película afirma que es posible conocer ese mundo y ser responsable en él.

 

De este modo, Roman Polanski y Robert Harris acusan a nivel individual y general, abarcando así todos los niveles de la actual condición humana. No señalan (salvo guiños aislados) a personajes célebres hoy; hablan del mundo en el que vivimos sin conformarse con una sola cabeza de turco. La respuesta que defienden es la de la aceptación de la responsabilidad como único legitimador ético y humano de la vida, como refleja el contundente final. En él, por primera vez, el protagonista, es. No queda claro si por deseo propio o por motivaciones de índole personal respecto a su contrincante, pero lo que parece evidente es que paga las consecuencias de obrar sinceramente, por primera y última vez en toda la película.

 

Qué curioso resulta esto en un cineasta cuyos personajes, hasta hace poco, veían desdibujarse las referencias morales en una maraña de confusión psicopatológica a medida que avanzaba la historia. Ahora Polanski ha vuelto, valiente y fortalecido, y se enfrenta sin pestañear a las causas reales de problemas que a todos nos afectan, sin ampararse en subterfugios individualistas.

 

Esta descripción podría dar a entender que estamos ante una película solemne y sentenciosa. En cambio, El escritor es un thriller popular, endiabladamente ameno y lleno de peripecias, contado a través de los ojos de un investigador que, poco a poco, levanta los velos de un misterio oculto. Como en el mejor Hitchcock, hay suspense y trucos de prestidigitador. Y la posible ingenuidad intrínseca en un género de estas características es compensada con un agudo y cínico sentido del humor que equilibra el tono de la película alcanzando una arriesgadísima ambigüedad.

 

En el apartado técnico, destacamos la fotografía, con una línea de color muy cuidada (especialmente en las escenas que transcurren en la isla en la que trabaja el protagonista) y un etalonaje digital discreto y eficiente, alejado de las ostentaciones propias de algunos títulos recientes. La música, obsesionantemente repetitiva y, a la vez, humorosa, encaja perfectamente con la paradoja tonal suspense-comedia.

 

El problema que esta película plantea para quien suscribe, es que todos los elementos están tan profundamente relacionados entre sí, tan integrados en una unidad armonios, que resulta muy difícil destacar alguno en concreto. Por eso, podría ser el mejor trabajo de Polanski como director (lo que no es necesariamente lo mismo que su mejor película). Nunca había conseguido poner de acuerdo tal variedad de elementos en un conjunto total.

 

Quizá lo único que se le pueda achacar a El escritor es que resulta demasiado cerebral, demasiado perfecta, demasiado calculada. Le falta el nervio espontáneo y vigoroso que caracterizaba a obras anteriores de Polanski, propias de un director más joven. Pero esto no es necesariamente malo. El polaco ha encontrado la calma en su vejez, y desde ella, reflexiona con la autoridad que le da la experiencia de su propia vida.

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