
The Crazies es un remake de una película de Romero típica. Es decir, una película de zombies, en la que unos individuos normales se ven obligados a enfrentarse, por un lado, a semejantes que han caído en un estado de corrupción destructiva y, por otro, las fuerzas del orden social, que para controlar la situación acaban recurriendo a una destrucción equiparable. Este paralelismo es una de las mayores bazas del planteamiento y, por ello, el que ha acarreado más problemas de originalidad a este tipo de cine, contento con la idea de que los poderes gubernamentales, así en general, son malos.
Sin embargo, hay algunos matices de interés que distinguen la historia de The Crazies de sus compañeras. Para empezar, no se trata de zombies per se, sino de personas afectadas por una extraña arma química que provoca la locura. Esta variante orienta el planteamiento en dos direcciones: la, ya conocida, “el estado es malo” y, la más interesante: cuáles son los verdaderos límites de la locura. Los zombies ya no se distinguen por un cociente intelectual nulo, por torpes movimientos o por un canibalismo incomprensible. Ahora son seres que piensan, que ejercen su voluntad, que incluso comentan sus acciones y llevan a cabo venganzas personales.
También, llegados a cierto punto, la situación de los protagonistas (“mato, porque si no, me matan”) lleva a que la línea entre buenos y malos se vuelva igualmente difusa. Y, por último, el mensaje anti-gubernamental y anti-militarista se ve integrado en el tema de la locura, porque el guión tiene el buen gusto de mostrar a uno de los militares destructivos como individuo: en el momento en el que deja de ser pieza de la máquina, parece tan cuerdo, indefenso y amable como los protagonistas. De ese modo, tanto el origen del mal, como la destrucción preventiva denuncian una especie de locura que no afecta a particulares, sino a la sociedad organizada, de manera casi inevitable.
Probablemente todos estos elementos estuviesen en la película original, que no hemos visto. De las particularidades de la que vimos ayer en Sy-Fy nos quedamos con un nivel técnico excelente: una puesta en escena de sabor clásico llena, sin embargo, de aciertos visuales y de ideas. El nivel interpretativo también es eficiente, y la historia presenta una estructura irreprochable. Aunque quizá demasiado: en su eficiente desarrollo encontramos, sin embargo, pocas sorpresas.
Y lo cierto es que The Crazies, en el tercio final, parece quedarse sin energía. Es el momento típico en el que a cualquier película le pasan factura sus limitaciones: se acaban las sorpresas y se tienen ganas de que llegue el final. En este caso, la adecuada causalidad narrativa mantenida hasta entonces delata progresivamente que el guión está en realidad construido como una serie de escenas de acción, “set-pieces”. Éstas en la primera mitad tenían un alto nivel medio; a estas alturas de la historia, sin embargo, repiten lo ya expuesto y la película lucha obstinadamente por mantener el interés, que nunca vuelve a remontar. La lección podría ser, como observó en cierta ocasión Kurosawa, que es muy difícil construir una película a base de momentos culminantes.
Sin embargo, esta debilidad no llega a irritar gravemente, quizá porque el tono cuidadosamente establecido desde el principio: el terror se ve periódicamente equilibrado con toques de humor irónico y autoparódico que, no sólo no lo invalidan, sino que le impiden caer en lo pretencioso. The Crazies con su alto nivel técnico y su buen número de virtudes parciales transmite así a su público que no pretende ser una obra maestra, ni descubrirnos el sentido de la vida, sino que pretende entretener primero, y promover cierto grado de reflexión, después. Con ello, esta película, imperfecta en algunos aspectos (brillante en otros), da una lección de la que todos deberíamos aprender.